lunes, 1 de junio de 2009

Soneto IV. Nuestro fuego

Nacimos para el fuego en el tiempo que no existe
entre las ramas de un arbusto prendido en llamas
encendidas ascuas fueron las primeras camas
leña nuestros besos y la hoguera no desiste.

Caímos a la tierra entre chispas y ceniza
nos separó el frío, la razón y el compromiso
vivimos perdidos preguntándonos quien quiso
apagar el rojo de nuestros cuerpos en liza.

Un día entre recuerdos encontré al fin la brasa
con tus palabras oscuras y tu imagen valiente
deje una señal blanca en la puerta de tu casa,

y ahora nos amamos tú en levante yo en poniente
volvemos a arder y por nuestros anhelos pasa
un río de lava de erupción brusca y latente...

2 comentarios:

pequeña extraterrestre dijo...

Lo importante es no dejar, nunca, que el fuego se apague. Pase lo que pase. Guardar esa brasa que mencionas, y avivarla junto a alguien (tb vale el algo) que sepa arder con la misma intensidad que tú. Es díficl, pero te puedo asegurar que no imposible. Y, claro, mantener el fuego también es importante. Aunque esto, no debe ser difícil, no crees?

Besos... de sorbete de limón!

Lady Byron dijo...

Mitxi,
Anhelos de brasas en la distancia... ¿Volverá a arder esa hoguera?
Besos,