Empiezas un blog. Intentas expresarte, haces que cada post sea una pequeña parte de ti, ya sea en ese momento, o de eso que consideramos inherente a nosotros, aunque el tiempo demuestre que es únicamente así, también en ese momento. Usas tus palabras, usas poemas de tus autores, usas canciones de tus grupos e incluso anuncios de televisión y fragmentos de películas. Dejas que los comentarios complementen lo que tú querías decir y lustras un poco el ego con cada desconocido que te deja impresa su visión. Incluso te permites borrar algún comentario si con esa altanería que te da el saberte creador de un blog (ya sé que no tiene explicación, pero es que desde el momento que publicamos el primer post sale el Juan Manuel de Prada que llevamos dentro) opinas que las palabras no están a la altura, o que no han llegado a lo más intrínseco de las tuyas.
Unos días después relees. Pueden pasar semanas, incluso meses, pero llega un momento en que tienes curiosidad por lo que pasaba por tu cabeza en aquel tiempo de no infelícidad. Y hay es donde toma sentido el blog, para no olvidar, para recordar, para descubrir de que te ha traido el amor y la felicidad, para pedir que vuelva el tiempo pasado, o para darte cuenta que nunca has estado mejor que ahora, para escupirte por tu actitud y vanagloriarte de tus azañas, para tener siempre presente que cualquier tiempo pasado fue mejor, o peor, o que simplemente nuestra historia es la que es y no tenemos que aprender de ella, si no vivirla, para esperar a que vengas a sentarte a mi lado y sentir que aunque vengas no te quedarás, para rezar por que se repita sólo alguna vez por que la vida te ha dicho que no te mereces que sea para siempre, para dar gracias y agradacer, maldecir y rechazar, escoger y labrar, para ti y para mi y el anuncio de cocacola...
martes, 13 de enero de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario