Una vez me enamoré del Sol. Lo veía bañándose en la playa, son sus rayos coquetos invitándome a acompañarle, reduciendo el espacio entre el agua y yo cuidadosamente para quemarme lo justo. Me enamoré de sus ojos sinceros y su mirada triste, me enamoré de sus manos expertas y sus caricias lumínicas y caloríficas. Una tarde en un arenal desierto para los dos el Sol y yo compartimos el amor que yo le daba. Y no sabía que él no podía quererme.
El pasado otoño me enamoré del mar. Llegó a mi a través de su cuello, largo, blanco, lleno de olas y de estrellas, cubierto de algas, vacío de impureza por que por más que se empeñen el mar es puro, ante todo, purifica. Me dejé atrapar por sus mareas, me zambullí en sus palabras dulces y sus gestos, me bañé en sus islas y disfrute de su calor en verano, padecí su frío en invierno. Enloquecí con su violencia y me dejé llevar por su ímpetu. Me rendí a todos sus encantos y aquí sigo, rendido. A su merced por que no quiero saber que al Mar, al Sol, a la Tierra y a las estrellas no se las puede conquistar. Sólo puedes compartir sus olas, sus rayos, su calor y su luz y si te dejan, aprovéchalo...
jueves, 19 de marzo de 2009
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2 comentarios:
Y qué duro es querer y que no te quieran, o querer sabiendo que no te quieren, y nunca, te querrán.
Y si tú eres el mar, el sol, las estrellas, las montañas,... para alguien? O el fuego...
Cada día me gusta más... leerte.
Besos (con sabor a fresa).
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