martes, 30 de diciembre de 2008
Todavía no sé como decirle adios. Quiero darle una patada, quiero expulsarlo de mi corazón y encerrarlo para toda la eternidad en las celdas más bajas del olvido. Quiero quemarlo en la hoguera que encendí este San Juan en la que vertí todos mis deseos. Quiero que se inunde y se ahogue, que las algas de ese estanque putrefacto que necesito que sea mi memoria se metan en su garganta para que ni muerto pueda gritar y recordarme su existencia. Quiero que vengas tú y hagas lo mismo, que le claves un cuchillo en el corazón y deje de ser para los dos tortura en nuestra ya anclada en el alma amargura. Quiero que después, echemos la llave al mar más profundo y dejemos que la memoria deshaga su trabajo. Quiero que el nuevo, el próximo, el siguiente, el que lleva colmando de ilusión mi corazón por su incipiente llegada, quiero que amanezca puro y sin ataduras, sin odios ni gritos de dolor. Necesito que sea inocente y alvergue en su alumbramiento la ilusión ciega del que no sabe a que atenerse ni de donde extraer los motivos. Necesito que sea limpio como la mañana de verano en que me sentí libre de correr desnudo por la playa, que sus aguas saladas me llenen de energía y su arena me envuelva para protegerme del tacto putrefacto de la duna mojada en el pasado. Necesito que lo destruyas tú también..........
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2 comentarios:
Vamos a dejar estas tierras áridas y pobladas. Surquemos los mares, solos tú y yo. Confiemos ciegamente el uno en el otro, y en dónde nos llevarán los vientos alisios. Que el salitre del mar llene nuestra piel y el sabor de nuestros besos, mientras vemos desaparecer, en el horizonte, el último vestigio de tierra visible. Vayamos a olvidar nuestras vidas pasadas, y a impregnarnos de nuevas sensaciones en nuestros cuerpos.
Veremos cada amanecer y cada anochecer como si fuera el primero en nuestras vidas. E inventaremos nuevas constelaciones cada noche. Dormiremos abrazados y separados, y despertaremos, siempre, con el reflejo mutuo de nuestros ojos. Porque en nuestro mar no habrán tormentas ni días grises, sólo luz y calma. No existirán vestimentas carcelarias, y nadaremos desnudos, como dos puntos solitarios, en ese globo azul que nos creó.
Y si algún día encontramos una isla desierta, que sea nuestro pequeño hogar, lejos de los potros de tortura, de las distancias tecnológicas y de la gente que no nos comprende.
Y cuando la muerte nos llegue, dormiremos, eternamente, en el profundo mar azul.
Te vienes?
Mañana mismo
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